Y finalmente sucedió. Me confundieron con ese otro. Ese que sale en los espejos.
El espejo me tragó. Y sería por eso, quizás, que a veces me quedaba mudo ante la gente. Porque yo era un reflejo.
Porque uno se mira al espejo cuando quiere verse reflejado, ¿no es cierto?
Ellos no lo sabían...
pero yo era un reflejo que no era yo. Había sido tragado -literalmente- por el espejo. Y me espejaba en silencio.
Puro silencio de barullo.
Para los demás era invisible. A plena luz.
O contradictorio. Espejo negro reflejando simetrías.
Aprendí a mandar botellas al mar. Porque pensé que escribiendo no me iban a confundir.
Y me fuí.
Y me perdí.
Entre letras y laberintos sin reflejos.
Y caminó, solo, caminó y caminó. Y se perdió.
Todavía tengo la convicción de que el niño que yo era no se perdió del todo. Que esas calles eran rectas, que no eran un laberinto. Que sigue por ahí, en algún lugar dentro del reflejo del espejo.
Las paredes son la piel.
Horas de verme, meditar, memorizar... y ver este reflejo en el que quedé atrapado. (Busqué otros reflejos, busqué argumentos...) Buscando al niño, que quizás se animara a mirarme otra vez. Desde el otro lado. Aunque no me hable.
Desde algún lugar.
El hecho es que cuando me dí cuenta por primera vez que podía mentir me pareció muy prometedor. E inventé grandes historias, en las que yo era un héroe, un marino, un conocedor. Y seguí mintiendo orgulloso hasta que comprendí que ese talento también lo podían tener los demás. Y de hecho, los demás hacía mucho más tiempo que estaban en este planeta.
¿cuándo fué que pasó? ¿seguro que los demás ya estaban?
Sus mentiras serían más prometedoras...
y quizás todo lo que me habían dicho hasta ese entonces era
precisamente
una mentira.
Del júbilo al terror puede haber tan sólo un paso. El que nos conduce al abismo que nos habita y nos tienta a saltar. Abandonarnos a la tentación de ser otredad.
¿estás ahí?
niña guapa...
Ahora, digamos las cosas como son.
Esto es un carta. Que va dirigida al niño que yo fuí. Queriéndole decir que puede volver... que ya domestiqué este reflejo que soy. Que ya no me confundo con la gente. Que ya no sobresalgo por lo feo ni me jacto de lo lindo. Que ya no me ruborizo tanto...
Que puedo besar, sin pensar que me van a devorar.
compartí mi sombra...
si el niño que yo era había aprendido a leer.
¿Puede alguien ayudarme?
C.



















